¡A Mil Por Hora! Consagración de la velocidad: práctica sólo para iniciados

Los aficionados a la Fórmula 1, gente disímbola en raza, credo y color de piel, que busca por millones las justas de la velocidad a tope. El arte de bordar las curvas impávidos. Las frenadas tremendas para después retomar el galope como centellas.

En el principio, Dios creó el cielo y la tierra. Ningún otro texto literario inició así con tamaña convocatoria aplastante para provocar el interés absoluto. E igual que los Testamentos, todos los libros sagrados de la civilización han inaugurado el arte de expresar lo imposible según qué civilización. Fue como dieron origen la creencia o el mito y se sabe perfecto que: sin éste, no hay rito. Está ya más que visto y escuchado que sin ritualidad, desaparece una cultura.

Es palpable que han cambiado radicalmente los hábitos para entenderse con las potencias divinas. Creyentes y ateos se distraen con lo largo y evanescente de la realidad, tal como se puede mirar en esta era a través del dichoso mundo virtual, que nadie acaba de entender bien a bien, si es que se trata de la realidad real o apenas de unos de sus ensueños.

Hasta hace poco, todavía eran las religiones, las que en teoría, al menos: hacían de conducto para la elevación. En el presente, la espiritualidad y el negocio de las razones finales están en su hora del recreo. Por lo pronto, en estos días, no hay clases…

El individuo se seguirá preguntando en dónde estoy, a dónde voy, por qué llegué o cuándo terminaré.

Y hasta parece que no se lo hiciera, pero sí que se filosofa a profundidad, sólo que de manera más taimada. En fast track…

Se intuye que no es suficiente mantenerse de materialidad pura. Y se presiente la vastedad del vacío interminable. La nada como una cosa sin vergüenza que tal vez dura mucho y así pues, son pocos los que entienden y practican con fe ciega el intento de controlar a plenitud los tres elementos que justifican cada esfuerzo vital: la felicidad, la fortuna y la salud. Se cuentan con los dedos de las manos los epicúreos auténticos, los sibaritas. O a lo mejor, los jibaritos de Puerto Rico.

Hace falta para los demás mortales, aunque sea temerosos, acercarse a un hipotético más allá de vez en cuando. Agarrarse, aprehenderse, regodearse en una cultura.

 

Ritos del tiempo

Lo que ha estado de moda es lo psíquico. El esoterismo, la astrología, la reprogramación neurolingüística, la meditación trascendental o meter la cabeza por alguna de las sectas nuevas. En un arranque de chabacanería, incluso, buscar la iluminación en los textos de autoayuda. También por allí, se hace uso y hasta abuso de las ciencias.

Pero lo cierto es que ya no se acude –como antes– al regazo del sacerdote, a la iglesia, a la mezquita o a la sinagoga para conversar con el ser supremo.

La nueva espiritualidad aquí está, según las clases o las culturas que se elijan y a partir de cómo se interesen en una religión válida entre ellos, para ejercer aunque sea cierta elevación plácida. Embellecida hasta con algo del llamado fanatismo sano. Cosa del folklor universal. Son los nuevos ceremoniales, celebrados en otros recintos, asimismo, mágicos. Todos juntitos, apretujados, en una misma onda; ligados entre sí por un recóndito interés, es decir: bien religados.

La multitud sufre su catarsis alrededor de un espectáculo, sin ir a Santiago de Compostela como peregrinos, o marchando juntos a La Meca por una vez en la vida: tampoco al tomar el baño purificador en el Río Ganges. Mejor, se asiste a un recital multitudinario con su ídolo musical y, allí, materializa sus más hondos ardores.

Toda la profesión de fe en un match de futbol. O en la pelea entre dos púgiles paradigmáticos. La Copa Davis. O quizás en la disputa de El Tazón tal o cual. Pero eso sí, invocando al vencedor. Con eventos que todavía logran resonancia mayor por la TV y la Internet.

La nueva iglesia universal de este siglo, está en canales con números bien definidos o en un link.

 

A lo suyo

Por acá se mueve otra religión más. La del vértigo. Los ceremoniales fabulosos gracias a la disciplina deportiva de gran fascinación que despiertan las carreras de la Fórmula 1. También con su indulgencia cuasi plenaria y celebradas, primordialmente, en las que se llaman sus catedrales, como: Monza, Spa, Silverstone o Suzuka.

Gente disímbola en raza, credo y color de piel, que busca por millones las justas de la velocidad a tope. El arte de bordar las curvas impávidos. Las frenadas tremendas para después retomar el galope como centellas. Con la más grande de las intensidades y la mayor altura.

En ellas se ve, se vive y se revive el culto, a la vez que se asume en él; como si cada quien fuese la víctima propiciatoria y la revelación, a un tiempo. Eucaristía de alto octanaje. En una sola visión, en la cual se comulga con la victoria. La alada impertérrita.

No es el regreso a los festines paganos del preclásico temprano, ni a los gaudeamus de los infelices tiempos de la inquisición: es, sencillamente, la fiesta ecuménica de la premura ¿No es lo de este tiempo hacerlo todo con la mayor prisa?

Debemos de ir en paz. Es ni más ni menos que: La Consagración de la Velocidad.

Amigable mente,

Ángelo della Corsa

www.tf1.mx

 

 

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Acerca de este artículo
Series F1
Tipo de artículo Análisis