¡A Mil Por Hora!: Dos velocidades

Bajo gobierno de Apolo o de Dionisio.

Integración o individualismo. El giro o el colorado. Águila o sol. Como casi todo el mundo a usted seguramente se le hará de lo más correcto establecer dos comparaciones, aunque al resto del personal le puedan parecer odiosas. Ocurre que tiñendo en blanco o en negro, se nota bien clara la nitidez de los conceptos y de la cosas.

A muchos les gusta el barullo, el vacilón, en tanto que otros adoran el sosiego, el silencio. Se deja ver con ello que en la vida, cuando menos, hay dos tendencias opuestas: gruesa y delgada. Cual si el mundo girara apenas a sólo dos pasos: lento o vertiginoso. Es de lo más normal, entonces, que la velocidad con la que suceden las cosas y los eventos se vaya viendo con lentes de distinta coloratura y graduación. Cada cuál con su cada cómo.

 En el ocio, o en la llamada diversión, también hay criterios opuestos, y en el deporte de los coches, a todo dar, ya se puede ver que encierra en sí sus paradojas antagónicas. A unos les gustan las competiciones de autos en América y a otros los campeonatos mundiales. Aficionados que prefieren, por encima de todo, los rallys y muchos más la Fórmula 1. Velocidad contenida o rapidez desbocada que no dejan de ser dos clases de prisa. Sin dudarlo, se reconocerá en ambas posiciones que son de lo más correctas y válidas, ya que hay una ley universal que dicta que en gustos, se rompen géneros.

Si se atiende a la liga suprema, es importante ver cómo es que en Singapur se dirimirá el domingo que viene un Gran Premio, que quiere ser como el de Mónaco –según lo dicen algunas voces asiáticas– lo que a los oídos occidentales, suena igual al sacrilegio: “como Montecarlo no hay dos” se agumentará con toda indignación.  

DIONISIO O APOLO

Las justas de coches —enfrentados— que nacen en 1950: tienen su importancia indudable en el intento de remarcar una de las dos velocidades a las que gira la realidad. Indiscutible que se conozcan y se reconozcan a los que les gusta presumir del vaso medio lleno, pero están por allí sus contrincantes que lo ven a punto de vaciarse. Clásicos e irreverentes. Conservadores o radicales.  Les encanta la guerra o la paz; la danza o el canto; la prosa o el verso; la orgía o la idea.

A los maniqueos, las métricas de la rotación del globo les parecen obedientes a toda lógica. Los líricos, juran que el mundo va al paso de sus ensueños. Se suelen ver las cosas de la vida desde los extremos: para unos llenas de conflictos y de pesadillas; mientras que para otros: todos son días de la acción en el recreo. Habrá a quienes les gusta enterarse de todas las calamidades y disfrutan en serio de eso. Hay también, en cambio, los que se deleitan con lo poco bueno que encuentran en los tópicos sencillos, como saber cuál corredor de coches es el más eficiente. Qué auto de los de este año es el superior. Ver las carreras, disfrutarlas y punto.

Si usted jura que Fernando Alonso es el mejor piloto de siempre, está en sus cabales. Si en cambio, ve en Lewis Hamilton a un corredor excepcional, no le va a faltar nada de razón. Porque argumentos objetivos y subjetivos –a dos ritmos o velocidades– saldrán apurados a apoyarle en sus aseveraciones. Nunca faltarán razones de peso para que cada cual se salga con la suya.  

Como corolario. Parece envidiable ese ser humano al que les place la vida en sí. Y es bien cierto que no estaría mal adoptar, de vez en cuando, una tendencia semejante. Soltar amarras, ser dichosos con poco, al menos en los fines de semana. Darse tiempo, sin más utilidad que divertirse y aprender. Pasar el rato admirando y paladeando una buena prueba de alta velocidad.

¡De verdad! Se puede ver brillar y anhelar, que sea oro puro y puro oro, lo que está ahí donde termina el arco iris.

Amigable mente,

Ángelo della Corsa

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