Gentileza, por favor…

“Va a ir Chacho”, fue lo primero que escuché cuando entraba a la oficina. Jessie Espinosa, subdirectora de deportes de Imevisión estaba al teléfono y cerraba su llamada deletreando: “Yes, C-h-a-c-h-o, trust him anyway”.

La tarea era recoger a Juan Manuel Fangio en su hotel y llevarlo a los estudios de televisión para participar en nuestro programa sobre la carrera del Mundial de Prototipos. Era 1990 y el Team Sauber Mercedes estaba ganando el Campeonato justo ahí con Jean Louis Schlesser y Mauro Baldi.

 Todo en aquella emisión giraría en torno a Mercedes, por varias razones: reclamarían el título en el Hermanos Rodríguez, habían ganado LeMans, presentaban su programa de jóvenes talentos con tres tigres alemanes -así les decían- a Schumacher, Wendlinger y Frentzen, Mercedes Benz reiniciaba operaciones comerciales en México, en fin.

 Pero para nosotros la máxima figura era la gran joya que presumía Mercedes: el ‘Quíntuple’.

 Ese día me había tocado el honor de conocerlo durante un desayuno en el autódromo y después entrevistarlo tras una exhibición donde giró con los autos del Museo Mercedes y sorprendió a todos. ¡Manejó al límite! porque el talento simplemente no tiene edad.

 “¿Vas o no vas?”, me dijo Jessie como para despertarme, pero no era sueño, me preocupaba subir a Fangio en mi auto que era pequeño y muy modesto, un Atlantic de VW, que además tenía que recibir servicio y limpieza. Ante la premura, recibió lo segundo en un autolavado cercano a la oficina.

 En el lobby del hotel 'María Isabel', de inmediato ubiqué un grupo de no menos 12 personas que rodeaban a Fangio para saludarlo y platicar con él aunque fuera algo breve. Estaba elegante, para salir de noche, traje obscuro, camisa blanca impecable y corbata de diseño sobrio, me abrí paso hasta él y le dije que yo lo llevaría a la televisión.

 Muy amable con todos, se disculpó, buscó al alemán que le cuidaba y le dijo en inglés que iría conmigo. El tipo me preguntó: “Chacho, isn’t it?”… Y Fangio quedaba en mis manos.

 Tomó mi hombro con una mano, preguntó mi nombre, me dio la derecha franca y quiso saber si yo le había entrevistado por la mañana, pero mientras caminábamos hacia la puerta aproveché para prevenirlo: “Mi auto es muy pequeño y modesto señor, pero podemos pedir un taxi grande para que vaya más cómodo”… Al instante dijo que no, y remató: “Vamos bien, vamos bien”.

 Voy a cometer una indiscreción. Al maestro le acompañaba una dama, una señora rubia, elegante, muy guapa, a quien tomó con delicadeza antes de abrir la puerta trasera de mi coche y la instaló besándole la mano con fineza. Yo estaba impresionado.

 Ya en marcha, charlaba sobre lo “lindo” que le parecía el Paseo de la Reforma y mientras tanto su aroma, Vetiver, si no me equivoco, se mezclaba ya con la fina fragancia que surgía del asiento trasero, contó que don Pedro, padre de los Rodríguez, le había hecho viajar con escolta de motocicleta en una visita hacía años cosa que no aprobaba, y nos metimos al permanente atasco del tránsito de la ciudad.

 Quise hacer plática, aún sin ser un gran conversador, y pregunté por Toto su hermano, abrió los ojos grandes y dijo: “¿Lo conocés al Toto?...¿Cómo?” Y, bueno, tuve que decir la verdad, “Sólo lo conozco por los artículos que he leído en El Gráfico” y más risas.

 Llegamos finalmente, y él se apresuró para abrir la puerta de su compañera, me aproximé para escoltarlos y al avanzar se disculpó porque la logística se había complicado y su conductor había tenido que hacer algo más, pero que iría de ahí a una cena, “con los chicos”, que volvería al hotel con ellos.

 Cuando me tendió otra vez  la mano derecha, en la izquierda tenía un botón con la figura del Sauber-Mercedes C11 que correría ese fin de semana y lo puso en mi mano. “Buen viaje y mejor compañía, muchas gracias” me dijo, y de inmediato un séquito se apresuró a recibirlo en los estudios.

 Fue ese, un gran día en mi vida. Conocí al mejor piloto de todos los tiempos, una persona que me impresionó por la sencillez y amabilidad con que siempre se dirigió a todas las personas sin hacer la mínima distinción, un caballero excepcionalmente fino y educado… humano, pese a ser una leyenda enorme.

 Sin duda, lo digo a la distancia, movido por la admiración, pero me hubiera gustado que esa gentileza, ineludible norma de vida para Juan Manuel Fangio, hubiera privado antes de lastimar su descanso.

Sé parte de algo grande

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