La redención de Montoya

El camino para su victoria en las 500 Millas de Indianápolis comenzó en 2013 en el circuito de Sebring.

Era una fría y nublada tarde de noviembre en Sebring International Raceway en 2013 cuando Juan Pablo Montoya estaba dando unas vueltas en el auto N°12 de su compañero en Penske Racing, Will Power, en un primer intento de quitar el óxido de manejar un monoplaza que Montoya podría haber adquirido conduciendo autos stock de NASCAR desde 2006.

Durante una pausa, Montoya estaba hablando sobre por qué dejó NASCAR para regresar a IndyCar. Lo que él decía no era una explicación ni que se tratara de nada predestinado. Era solamente parte de nuestra conversación. Pero en el final fue, quizás, la mejor explicación de todas.

Montoya estaba relatando una charla informal que había tenido con Marcos Ambrose, piloto de NASCAR que había llegado desde los V8 de Australia, donde dominó consistentemente, pero en NASCAR no lo hizo.

"Estábamos hablando de esos días de carreras", dijo Montoya. Ellos decían cómo, con algo de suerte y quizás un trabajo estratégico de pits, podrían llegar a estar entre los 15 primeros en vez de correr detrás del 20°, algo que solían hacer.

La ironía, dijo Montoya, no era perder para ninguno de los dos. Ellos eran campeones, estaban acostumbrados a conducir autos que podían ganar y ahora se veían en el mitad del pelotón. Sí, el dinero era bueno –Montoya ganó más de $38 millones de dólares, a pesar de lograr solamente dos victorias, y Ambrose más de $33 millones con sus triunfos en la Copa Sprint- pero ambos eran protagonistas únicamente en circuitos mixtos, donde el talento podía superar a un auto mediocre.

"Simplemente quiero tener un auto que pueda ganar", dijo Montoya entonces. Y de todos los ofrecimientos que tuvo, entendió que un auto de Penske con motor de Chevrolet en la IndyCar era su mejor apuesta. "El resto depende de mí. Eso lo sé. Pero solamente quiero una oportunidad".

La promesa de Penske

Resulta interesante que tanto Montoya como Ambrose terminaron conduciendo para Roger Penske, con Ambrose regresando a los V8 de Australia, pero eso no funcionaría de la manera en que él o Penske habían imaginado.

Pero la historia de Montoya es más feliz. Incluso en aquel pequeño ensayo privado en Sebring, podía verse que Montoya estaba en el lugar indicado. Su compañero Power estaba allí, además de Rick Mears, entrenador del equipo, Tim Cendrick, presidente del equipo, y Helio Castroneves, el otro piloto de la organización en IndyCar, quien llegó desde su casa en Miami de sorpresa para apoyar a Montoya.

"¿Por qué no habría de estar aquí?", se preguntó Castroneves. "Somos un equipo".

Incluso la familia de Montoya estaba allí en Sebring. Y ahora tenía otra familia.

Su falta en poder dejar su marca en NASCAR fue algo desafortunado, pero no sorprendente. Otros pilotos de monoplazas –desde Danica Patrick hasta Sam Hornish, pasando por Dario Franchitti y Jacques Villeneuve- habían tenido problemas en el cambio.

Los autos de la Copa Sprint son difíciles de conducir. Los autos de la Fórmula 1 son difíciles de conducir. Los autos de IndyCar son difíciles de conducir. La experiencia de uno no siempre se traduce en otro. Yo estuve en la primera carrera de Montoya en NASCAR en 2006, la última fecha en Homestead. Su presencia casi que eclipsó la definición del campeonato de la Copa. La mayor parte de la prensa allí, muchos de la F1, no se preguntaban si podría ganar carreras, sino qué tan pronto y cuántas. Finalizó 34° ese día después de chocar.

Montoya nunca pareció feliz en NASCAR. Los reportes son confusos. Por un lado, sin importar lo malo que haya sido el día, Montoya se aseguraba de estrechar la mano con cada miembro del equipo, agradeciéndole por dar lo mejor de ellos. Por el otro, me han dicho sobre agendar costosas entrevistas de TV por satélite con Montoya –tres minutos con esta estación, tres minutos con otra estación- y que en el medio de ello, Montoya se iba, dejando al equipo teniendo que explicar la difícil situación con el patrocinador, el fabricante y las estaciones que estaban esperando una entrevista en vivo.

Por supuesto, en el caso de Montoya, el equipamiento y el equipo fueron parte del problema. Fue reemplazado por la promesa Kyle Larson, visto como una futura estrella de NASCAR. En su última temporada a tiempo completo con Chip Ganassi Racing, 2013, Montoya tuvo un promedio de llegada de 19.3.

Y con un tercio de su segunda temporada ya disputada, Larson promedia 20.9.

Veloz desde el comienzo

Montoya fue competitivo en La IndyCar desde la apertura de temporada en 2014, y así se mantuvo. Y su última victoria el domingo en las 500 Millas de Indianápolis, 15 años después de la primera, fue indiscutidamente la redención de Juan Pablo Montoya.

"Tuve siete años que fueron duros porque sé que puedo hacer esto", dijo Montoya en la prueba de Sebring en 2013. "Llegué al punto de nunca pensar 'Ok, vamos a ganar esta vez', excepto dos semanas al año. De lo contrario, si teníamos un auto realmente bueno, quizás lográbamos un quinto puesto. Incluso si teníamos un auto capaz de ganar pensaba '¿Cuándo vamos a arruinar esto?’' Esa mentalidad es difícil. Y estar aquí cambia eso".

Y estando allí, besando los ladrillos en el Brickyard, lo demuestra.

Sé parte de algo grande

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Acerca de este artículo
Series IndyCar
Evento Las 500 de Indy
Pista Indianapolis Motor Speedway
Pilotos Juan Pablo Montoya
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Etiquetas chevrolet, montoya, penske, tim cindric