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El primer contacto de Rossi con una Yamaha, "de madrugada y encapuchado"

Davide Brivio, una de las personas más determinantes en la maniobra que sacó a Valentino Rossi de Honda y le llevó a Yamaha, rememora para Motorsport.com los momentos más decisivos del que, para muchos, es el fichaje más sonados de la historia.

Valentino Rossi, Yamaha MotoGP Team

El italiano, que tras desvincularse de Suzuki a finales de 2020 ha desarrollado las funciones director de carreras en la escudería Alpine de Fórmula 1 esta temporada, aterrizó en MotoGP en 2002, tras una dilatada experiencia en el mundo de las Superbikes. 

Yamaha le contrató para que realizara las funciones de team manager de la estructura de MotoGP. Un año después de su aterrizaje en la marca de los diapasones, Brivio y Lin Jarvis, que ya era el director de la compañía en el paddock se conjuraron para lanzar una de las ofensivas más celebres de siempre. 

La coyuntura jugó de su lado dado. Rossi llevaba tres años pasando el rodillo como buque insignia de Honda, pero la suficiencia con la que se imponía y la falta de competencia entre los demás constructores –Yamaha no celebraba un título desde 1992, con Wayne Rainey–, instauraron la creencia de que el éxito correspondía más a la moto que al piloto, y que casi cualquiera podía imponerse siempre que compitiera sobre una NSR, primero, o una RC211V, después. Las matemáticas son muy reveladoras en este caso: en los 11 cursos entre 1993 y 2003, Yamaha se impuso en 24 grandes premios, mientras que Honda lo hizo en 117, casi cinco veces más. 

Esa fue la fibra que Brivio y Jarvis tocaron y que animó a Il Dottore a afrontar el desafío más grande de su trayectoria. El relato parece mucho más sencillo de lo que realmente fue, sobre todo cuando uno tiene la oportunidad de sentarse con uno de los artífices de esa operación. Y sobre todo, porque incluso dentro de la propia Yamaha había personas que no veían clara la llegada de Rossi, por las contraprestaciones que podía acarrear si la cosa no salía como se había proyectado. 

“En un primer momento, Yamaha no quería fichar a Rossi, porque había una corriente que sostenía que, en caso de ganar, todo el mundo pensaría que ganaba él, que solo sería mérito suyo. Y que, si no ganaba, el foco de la culpa se fijaría en la moto”, relata Brivio a Motorsport.com. “Quien cambió ese pensamiento fue Masao Furusawa, que en 2003 (junio) pasó a ser el líder del proyecto. Fue él quien convenció al presidente de Yamaha de que había que contratar a Valentino. Entre todos convencimos a la cúpula de que, para ganar, era imprescindible disponer de un piloto top. Honda ganaba, sí, pero lo hacía con los mejores: Doohan, Rossi”, añade el italiano, que se mantiene en silencio acerca de un posible regreso a MotoGP, de nuevo en Suzuki. 

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Yamaha tardó algo menos de un año en cerrar todos los flecos que llevarían al #46 a correr para el constructor de Iwata, en 2004. La trascendencia del objetivo que se intentaba conseguir era tan brutal, que los encuentros entre el corredor de Tavullia y el que iba a ser su futuro equipo, tuvieron que llevarse a cabo envueltos en una atmósfera de clandestinidad. Sobre todo, porque Honda le puso encima de la mesa en varias ocasiones el contrato de renovación. Una de las estrategias que se abordaron con Yamaha fue cómo Rossi debía ir dando largas al fabricante del ala dorada. 

“Durante el Mundial de 2003 nos veíamos con Vale casi cada fin de semana de carreras, para hablar de multitud de cosas. De la formación del equipo, de qué mecánicos quería llevarse, cómo afrontar los test y demás. El problema era dónde nos veíamos, porque en el paddock estás a la vista de todo el mundo, y en los hoteles estamos todos los equipos mezclados”, prosigue Brivio, que recuerda especialmente dos momentos que, por estrambóticos, quedarán para siempre en su memoria.

“Uno de los episodios más extraños fue aquel de la Clinica Mobile, en Brno. Quedamos allí pasadas de las diez de la noche, cuando todos fisioterapeutas y médicos ya se habían ido. Abrimos la cremallera de la carpa, entramos y nos sentamos alrededor de una mesa que había, y comenzamos la reunión. De repente, escuchamos una moto que se acercaba, y tanto yo como Lin nos escondimos debajo de la mesa”, explica el ejecutivo.

Cuando llegó el momento de negociar, Gibo Badioli, por aquel entonces agente de Rossi, se pasó de frenada para después ir reculando. “A nivel económico, las exigencias de Badioli fueron desproporcionadas en un primer momento. Después logramos llegar a un acuerdo. Y creo que después, con lo que Yamaha llegó a vender, recuperó de sobras aquella inversión”, abunda Brivio, que también guarda en su retina aquella medianoche en la que Rossi conoció por primera vez la que en unos meses sería su nueva moto. 

“Después de darnos la mano llegó el momento en el que Vale quería ver la moto. Fue en el circuito de Donington Park. Esperamos a la madrugada, porque queríamos que en el paddock no quedara nadie. Y él entró encapuchado para que no se le reconociera”, rememora el actual dirigente de Alpine, que de forma indirecta les devolvió a los pilotos el foco que a día de hoy todavía mantienen. 

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